Estoy esperando que vuelvas a casa. Con esa remera larga y vieja que conoces tan bien, descalza y con un tazón gigante de té con leche. Viajaste poco en realidad, podriamos estar lejos juntos, en alguna constelación.
Mi pelo baila con el viento de la ventana -que dejé abierta toda la noche, para que me despierten con una caricia los rayos del sol a la mañana- y está enmarañado porque aún no encontré el cepillo. Te escribí una larga carta explicándote cómo pasó. Que John se escapó a la calle, porque estaba celoso de Cheshire. ¿Te parece, celoso de Cheshire? No lo puedo creer todavía. Y corrí detrás de él, con una botella de leche. Y yo me estaba cepillando el pelo, y ahora, no sé donde lo dejé.
He pensado en el transcurso de la semana salir a comprar otro, pero no tengo ganas. Los días están demasiado tristes para salir del departamento.
Falta tu sonrisa en toda la casa. En cada rincón.
Falta ese calorcito en el corazón cuando acabamos de hacer el amor y te acostás a mi lado agitado y con un te amo que se pierde entre caricias de mi dedo índice a lo largo de tu pecho.
Yo sé que volvés. Yo lo sé que ya volvés, porque lo siento en el corazón. Me palpita cada vez un poquito más fuerte cada día que me levanto.
Hoy pinté el carrusel. Vos pensabas que no iba a poder, que tenía trazos muy finos, y yo, tan torpe como soy, y de apurada iba a arruinarlo. Pero quedo bastante bien. Estoy pensando enmarcarlo y ponerlo en la pieza de algunos de nuestros hijos dentro de algunos años, digo, cuando nazcan.
Descubrí observando por la ventana que la gata de la vecina de enfrente (ya sabes, la blanca con pompones en las patas de color amarronado) está más gorda. ¿Pensás como yo que está embarazada? ¡Espero que no sea culpa de John! Sino la vieja va a venir a quejarse y va a haber problemas. Porque cuando vos veas que en vez de dos, hay como cinco, o seis, nos vas a echar a todos a la calle. Sería tan gracioso ver tu cara.
Me despido, porque sobre tu mesa de luz espera ansioso un libro de la facultad.
Tuya, Maribel.
PD: Acabo de escuchar a la vieja gritarle a la gata. ¡Definitivamente vamos a ser abuelos! ¡La gata se llama Elizabeth!
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