Mientras los demás trataban de mostrase ideales y maquillaban sus miserias naturales, nosotros poníamos la basura que teníamos sobre la mesa. Mientras ellos se adulaban, nosotros preferimos siempre el silencio a la falsedad.
Podíamos juntarnos alguna vez, sentarnos en la puerta y reírnos del mundo a carcajadas. Ellos, en cambio, iban a pasear por las calles más limpias, regalándose flores, casi siempre rosas. Y siempre sin espinas.
Él jamas me regaló una flor, ni yo pedí sentir su aroma. No cenábamos reproches, no nos extrañábamos de noche. Era el negocio perfecto.
No quise leer su historia, ni él fingió creer la mía. Perdonenme entonces señores, la ironía de chamuyarles nuestra historia...
Los terceros no entendían nuestras tardes de acompañada soledad. No los culpo, nosotros nunca entendimos la apasionada obsesión eterna que intentaban contagiar. Aquella que no duraba más de uno o dos terremotos, o el ojo de un infiel huracán.
Lo supimos al principio: el objetivo no era durar. No me permití oxidarme, él no se permitió escapar.
Al cabo de un tiempo, el reloj no dio más nuestra hora. Las discusiones sobre música terminaron por cansar. No compartimos más siestas, fiestas o viajes en colectivo a cualquier lugar.
Un día nos levantamos y él me acompañó a la estación. Pagué yo el boleto y di una mirada al tren que acababa de llegar.
Nos miramos por última vez y una misma sonrisa nos despidió a los dos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

damnedparadise.blogspot.com
ResponderEliminar♥